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Familias alternativas, gente que vive bajo el mismo techo

By admin • Ene 14th, 2009 • Category: Artículos, General

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Inventaron su propia imagen de portarretrato. Algunos de ellos tienen una cama con tres almohadas y se autonombran poliamorosos, otros fueron padres y ahora salen a la calle en tacones, acompañados por sus hijas.

Unos más encontraron el amor en personas del mismo sexo y hay una parte de la sociedad que formó una familia alternativa sin ninguna relación sexual, como la de padrinos con ahijados.

Este es el caso de Elba y Socorro, católicas practicantes que en febrero se unirán en sociedad en convivencia para poder heredarse. También hay amigos que decidieron vivir juntos por razones económicas. El resultado es el mismo: se sientan a la mesa y conviven en familia.

Ninguno de ellos está representado en cifras oficiales. El INEGI se ha negado a incluir en los censos poblacionales preguntas que identifiquen a la población con diversidad sexual, aun así hay proyecciones, pues por lo menos en el último conteo que el INEGI hizo en 2000 brinca un dato: hay 10% de hogares con familias donde no existe parentesco.

“Este porcentaje refleja a los hogares formados por parejas del mismo sexo o las otras familias que no corresponden a mamá, papá e hijos”, dice Enoé Uranga, ex diputada y fundadora del colectivo LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales).

Con una pareja mujer e hijos, Enoé hace referencia al registro poblacional del INEGI que reporta 25% de madres con hijos viviendo solas.

“Seguramente ahí también hay hogares formados por lesbianas con hijos, como es mi caso”, explica. Además, asegura que la cifra coincide con países como Inglaterra donde 10% de la población es homosexual. En Latinoamérica no existen estadísticas, pero en Estados Unidos y Canadá entre 15% y 17% de la población se declara gay.

Quieren que los cuenten

La lucha de este grupo para que los homosexuales sean tomados en cuenta en las estadísticas tiene historia. Hace 14 años, la comunidad LGTB vio con entusiasmo que México firmara en 1994 el acuerdo internacional de la Conferencia de El Cairo, en el que 179 países se comprometieron a abordar estrategias donde se integrara a toda la población.

El capítulo V habla sobre la familia, sus funciones, derechos, composición y estructura. Se reconoce que “la familia es la unidad básica de la sociedad y que los cambios demográficos y socioeconómicos han influido en las modalidades de formación de las familias y en la vida familiar y ha provocado cambios considerables en la composición y en la estructura de las familias”.

México se comprometió a crear políticas y leyes que presten mayor apoyo a la familia, contribuyan a su estabilidad y tengan en cuenta su pluralidad de formas. Se eliminarían todas las formas de coacción y discriminación en las políticas y las prácticas.

El plazo es de 20 años, faltan seis para que se cumpla y en México aún no se integra a las familias alternativas que salen del modelo común ni siquiera en conteos poblacionales.

Pactos legales de convivencia

Lo que sí se ha logrado es el reconocimiento legal de las parejas del mismo sexo, pero sólo en el Distrito Federal y en Coahuila. La historia de ese estado comenzó con una propuesta de legisladores del Partido Revolucionario Institucional. Después de una fuerte discusión con la bancada panista, lograron incorporar al Código Civil la figura del Pacto Civil de Solidaridad que reconoce la vida en común entre homosexuales y entre personas de distinto sexo que cohabitan en unión libre.

El primer año de implantación como ley, las Oficialías del Registro Civil del estado reportaron la firma de 167 pactos. Todas son uniones de personas del mismo sexo debido a que la mayoría de las parejas que viven en unión libre siguen pensando que sólo es un pacto para la gente gay, a pesar de que Coahuila encabeza la lista nacional de uniones libres entre personas heterosexuales.

En el Distrito Federal la discusión duró seis años y terminó el 9 de noviembre de 2006, cuando se aprobó la Ley de Sociedades de Convivencia para el Distrito Federal.

La mayoría de los diputados locales votaron en favor de esta norma; sólo los legisladores del PAN, así como el diputado de Nueva Alianza, Fernando Espino Arévalo, se pronunciaron en contra de la ley, bajo los argumentos de que contraviene otras legislaciones, como el Código Civil. De todas formas pasó y hasta noviembre de 2008 se han unido en sociedad en convivencia 511 parejas e incluso separado 10 de ellas.

La consejería jurídica del DF registra que 97% de ellas han sido del mismo sexo y el resto heterosexuales. 43.5% han sido mujeres, 56.5% hombres y todos comparten un factor: su juventud, pues no rebasan los 33 años. Sólo 3% son adultos mayores.

En el DF se han “convivenciado” 40 parejas integradas por un mexicano y un extranjero y sólo se ha unido una pareja de dos personas extranjeras. 15 delegaciones de las 16 tienen registros de familias alternativas formadas por esta vía legal. Sólo en Milpa Alta no existe ningún registro. Cuando se les pregunta qué ha pasado contestan que en esa delegación no se ven “cosas de éstas”.

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Las dos mamás

Ellas desfilaron de la mano de su hijo por la alfombra roja de una parroquia católica. Las dos mamás entregaron a Manuel en el altar. Rosa María, como su madre biológica, y Lupita, como su madre por decisión. Ambas son pareja desde hace 17 años y tienen tres hijos, todos producto del primer matrimonio de Rosa María.

En esta familia hay también dos nietos y un bisnieto. Los nietos saben que son pareja y no tienen problema en decir que tienen dos mamás o dos abuelas.

“Han crecido así, para ellos es de lo más natural; los niños no tienen prejuicios, es más, no los conocen, éstos pertenecen al mundo de los adultos, así que con todo el amor del mundo somos sus abuelas”.

Los tres hijos de Rosa María y Lupita son heterosexuales y se han unido de tres formas distintas: por la Iglesia católica, por la ecuménica —donde conviven todas las religiones— y por unión libre. Las orgullosas mamás han ido de la mano a las tres celebraciones.

Les han tocado asistir a los festivales escolares y a la “pedida de mano” de Manuel. “Primero, investigué en internet qué era eso de la pedida de mano; cuando el día llegó, íbamos muy nerviosas, porque la familia de mi nuera es muy tradicional.

Así que nos sentamos en la sala y comencé a hablar de lo buen muchacho que era mi hijo; el papá de mi nuera me escuchó en silencio, cuando terminé de desbordar cualidades de Manuel, el señor rompió el silencio diciendo: ‘Bueno, y qué dice la otra mamá’”, cuenta Rosa María. Comenzaron las risas y luego vino la cena. A partir de entonces, la relación entre las familias es cordial y de respeto.

En los años 70 Rosa María estuvo casada con su mejor amigo, con quien procreó a sus tres hijos. En ese tiempo se rehusaba a asumir su preferencia sexual. “No faltó quien me dijera que mis hijos necesitaban una imagen paterna”, por lo que decidió casarse por segunda vez. “Fue otro error más, terminó sin final feliz”, dice.

Fue hasta 1985 cuando Rosa María comenzó a vivir como lesbiana. “Y desde entonces soy muy feliz”, asegura.

La pareja gay

A Rafael Ernesto le gustaría montar una mesa de regalos en una tienda departamental, pero duda que algún establecimiento acceda fácilmente a otorgarle un espacio de esta naturaleza.

Las hipotéticas tarjetas dirían: “Mesa de Boda. Novios: Raúl Ernesto y Rafael Ernesto”. Así, los amigos y familiares de la pareja sabrían qué regalarles.

Raúl Ernesto y Rafael Ernesto, de 32 y 31 años, respectivamente, dicen que hace ocho años era impensable que pudieran vivir juntos, en familia, pero hoy comparten un techo. Las madres, hermanos, tíos y primos de ambos los han aceptado como pareja, pero sin hablar a profundidad del tema de la homosexualidad.

Ellos no se acarician ni se besan enfrente de sus familiares. No tienen las libertades de los novios heterosexuales. “Un día se me salió decirle ‘suegra’ a la mamá de Rafael y con la cara que me hizo fue suficiente para saber que nunca más debía llamarle así”, cuenta Raúl.

No obstante, la mamá de Raúl le presta libros de cocina a Rafael, quien es el que dentro de casa realiza este tipo de actividades.

Los Ernestos hoy discuten si se unirán bajo la Ley de Sociedades en Convivencia del Distrito Federal. Uno lo desea y el otro argumenta que sería un gasto excesivo por el “fiestón” que organizarían. Les ilusiona tener hijos pero, mientras tanto, sus mascotas, pescados y hamsters han sido “los niños de la casa”.

Los roommates

La disputa por el único baño que tienen en su departamento de la colonia Del Valle los ha llevado a definir reglas. Media hora en el baño, no más. De lo contrario existe un motivo para que los otros reclamen airadamente.

Normas como ésta se extienden a otros ámbitos que describen los lazos que se han formado entre los roommates Federico, Miguel y Adrián, quien ofrece disculpas por no haber podido llegar a la foto.

“Si uno de los tres no ha llegado o se ha comunicado después de 24 horas de ausencia, es una regla iniciar la búsqueda”, comenta Federico.

Ellos se consideran una familia pero señalan que la principal diferencia es que no existe una estructura jerárquica. Pueden comentar cosas entre sí, cosas que no le dirían a sus hermanos o a sus padres porque saben que los podrían juzgar.

Por supuesto que el ahorro económico que representa desde hace dos años compartir gastos entre tres personas (renta, luz, vigilancia y mantenimiento) los llevó a la decisión de vivir juntos, pero lo más importante, reconocen, ha sido el estrecho vínculo de amistad que han formado y la compañía que se brindan.

Al igual que las familias tradicionales, ellos han discutido por asuntos domésticos, como cuando se enfrentan a la decisión de comprar productos de limpieza. La problemática, “nada alarmante”, dicen, se ha centrado en comprar a granel o por artículos individuales.

En el fondo, reconocen, hay una disputa por hacer evidente quién de los tres decide, pero siempre tratan de negociar. Al final, la democracia se impone: toda situación que los involucre en espacios compartidos es sometida a votación.

La madrina y la ahijada

Esta madrina y su ahijada harán una fiesta en grande cuando concreten legalmente su unión. Para ello recurrirán a la Ley de Sociedades en Convivencia del Distrito Federal. Y no es que sean pareja, sino que simplemente harán uso de este instrumento legal para poder heredar los bienes que han adquirido durante el tiempo que han vivido juntas.

La relación entre Elba y Socorro se inició hace 25 años cuando la primera, entonces de tres años, padecía de una anemia que se agravó por la falta de recursos para atenderse adecuadamente. El mal derivó en convulsiones y fue entonces que Socorro, amiga de la abuela de Elba, se acercó a los padres biológicos de la pequeña para brindarles ayuda.

Poco tiempo después, Elba comenzó a vivir con Socorro, quien terminaría convirtiéndose en su madrina. Ella ha sido su tutora en la escuela y quien la ha mantenido toda la vida.

“Me han acompañado (Socorro y su fallecido esposo) toda mi vida, me dieron confianza, seguridad, amor. Hay un lazo muy fuerte entre nosotros”, dice.

Elba, ahora de 28 años, y Socorro, de 70, son católicas practicantes y un ejemplo de que la Sociedad en Convivencia no sólo beneficia a la comunidad Lésbico, Gay, Transgénero y Bisexual (LGTB).

La joven dice que a esta ley aún le faltan detalles, como la incorporación del Seguro Social, pues aún no puede asegurar a su madrina como parte de su familia, sin embargo, hay otras protecciones que sí les brinda como el derecho a heredar los bienes y el reconocimiento de su parentesco.

Con Socorro también viven las tres hermanas de Elba. De todas se ha hecho cargo y las cuatro le llaman mamá. Por eso Elba siente un profundo respeto y amor por quienes la formaron y cuidaron durante tantos años.

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El papá se viste de mujer

Wendi estaba en el pasillo de los cereales. Llevaba tacones y vestido de flores cuando su hija de 11 años lo llamó “papá” frente a la mirada atónita de los que aún no decidían si llevarían Choco Krispis o Zucaritas. No faltó quien retorciera la boca.

“Pasa siempre, la gente se sorprende de que una persona con apariencia femenina sea papá de dos niñas y pasee con ellas en tacones y medias por la calle”, dice Wendi, quien estuvo casado 19 años, de los cuales los últimos ocho esperaba con ansiedad el viernes para vestirse de mujer e ir a reunirse con sus amigos travestis o transgénero.

Ocultaba las pocas prendas femeninas que tenía en una maleta que duró por lo menos cinco años escondida, hasta que un día su esposa la descubrió.

“Me cachó con vestidos, maquillaje y zapatos de tacón; primero pensó que serían de mi amante, así que le aclaré: ‘Las cosas son mías, me visto de mujer’”, cuenta Wendi.

Pasaron tres años más de matrimonio. Wendi salía todos los viernes vestida de mujer de su casa. La aceptación de la familia fue paulatina, primero de su esposa y luego de sus dos hijas. La vida de travestismo continuó hasta que llegó el divorcio.

Wendi rentó un departamento aparte sin perderles el rastro a sus hijas y esposa. Ahí llegó la segunda decisión que le cambio la vida: presentarse en público vestido de mujer y dejar la emoción de los viernes para todos los días de la semana.

Así, un día se puso un saco azul marino y un vestido negro, muy formal, se subió al automóvil y se presentó en el trabajo. Cuando llegó a la secundaria, donde era orientadora, el silencio del director lo dijo todo.

Los alumnos, todos adolescentes, le comenzaron a llamar Wendi. A los pocos meses fue despedida y después de una demanda ante la CNDH y el Conapred, hoy Wendi espera ser reinstalada en su plaza como maestra.
Dice que hoy es más feliz que nunca.

Pasa los días al lado de su familia, va al supermercado, a comer, al cine, a museos y a parques en compañía de sus niñas y, a veces, hasta de su ex esposa. Ahora es mujer las 24 horas del día.

Los Poliamorosos

No sabe si es la forma más evolucionada del amor ni se atrevería a recomendarlo, sólo pide respeto y lo otorga.

Jonathan ama a dos hombres y su ideal sería que los tres vivieran bajo el mismo techo, como otras “triejas”, algunas conformadas exclusivamente por hombres, otras sólo por mujeres y unas más por dos mujeres y un hombre o por dos hombres y una mujer.

La condición de estos triángulos las determina el amor entre los integrantes.

Jonathan es un gay poliamoroso que vive con otro gay y que mantiene otra relación sentimental con un bisexual. Su condición, dice, ha sido como un triple salto mortal.

“El primer salto fue aceptarme como gay, el segundo fue reconocer que no soy monógamo, y el tercero aceptar que me gusta ser así y llevar una relación de este tipo con otros”.

Sin embargo, reconoce que los celos pueden ser una constante en sus relaciones, especialmente con la del gay, pues con la pareja del bisexual, dice, no puede competir.

“Soy muy celoso y ante esto la cuestión más importante es identificar el momento que vivo con cada uno de ellos como una especie de magia e instante irrepetible”.

Jonathan tiene ocho meses dentro de esta relación. Han tenido la oportunidad de ir los tres al cine, pero siempre respetando la regla impuesta por ellos mismos: a ninguno lo besa si está en presencia del otro.

Con el bisexual tiene el acuerdo de hablar por teléfono todas las noches, aún y si a un lado está su pareja gay, con quien tiene el compromiso de no relacionarse con una tercera persona.

“Somos una familia, a pesar de lo que cualquier persona pueda pensar. Al menos eso es lo que sentimos y la base de nuestra relación es simplemente el respeto y el amor”.

Registro del INEGI

* 10 por ciento de las familias no tiene parentesco

* 25 por ciento de madres con hijos que viven solas

* 511 parejas se han unido en el DF en sociedad en convivencia
Autor: Cinthya Sánchez y Natalia Gómez – El Universal, Ciudad de México (México)

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